La emergencia climática y el optimismo contenido

Por: Enrique Dans

Mi columna en Invertia de esta semana se titula «La emergencia climática y el cambio de discurso» (pdf), y trata de medir con cierto cuidado los mensajes sutilmente más optimistas que se están empezando a desprender de ciertos datos, sin ánimo de dar a entender que podemos relajarnos – porque no es en absoluto cierto – pero sí de que, al menos, hemos iniciado el buen camino.

En este momento, la perspectiva ya nos permite valorar cómo de pequeño fue el descenso en emisiones que experimentamos durante los confinamientos pandémicos, y comprobar cómo de sencillo y de inmediato es volver a los niveles anteriores. Pero al tiempo, podemos ver también cómo muchos de los países desarrollados han alcanzado o están alcanzando ya sus niveles más elevados de emisiones, y se encuentran ya en fase de remisión, de descenso con respecto a los niveles pre-industriales. Algo que, sin duda, debería producirse mucho más rápido, pero que dado que eso es aparentemente incompatible con la naturaleza humana, es al menos una indicación de que la transición está teniendo lugar.

Esa transición se refleja, según la Agencia Internacional de la Energía, en un pico global de emisiones que tendrá lugar aproximadamente en 2025, para, a partir de ahí, iniciar un descenso que podemos considerar histórico: el momento en que las medidas tomadas empezaron a surtir efecto. De aquí a entonces, veremos muchos de los efectos de haber tardado tanto, en forma de fenómenos climáticos extremos mucho más frecuentes como huracanes, inundaciones o incendios que provocarán catástrofes que, en muchos casos, se producirán precisamente, y no por casualidad, en algunos de los países que menos responsabilidad tuvieron en el incremento de las emisiones. Pero al menos, sabemos a qué atenernos y hacia dónde vamos – mal consuelo para el que pierde su casa o la vida en uno de esos fenómenos, pero es lo que hay.

En el horizonte, los cambios en países que llevan un ciclo diferente como India o China, que aún están en plena fase de crecimiento y que no alcanzarán su neutralidad de emisiones hasta 2050 ó 2060, pero que parecen también estar preparándose adecuadamente: solo en China, el desarrollo de energías renovables ha cuadruplicado su capacidad instalada a lo largo de la última década, y el país se ha convertido en el mayor mercado del mundo para el vehículo eléctrico. Lento, sí, pero razonablemente asumible si el resto de países hacen sus deberes.

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Gracias al cambio tecnológico, estamos consiguiendo desacoplar el nivel de desarrollo de los países del consumo de combustibles fósiles, algo absolutamente fundamental: la transición energética es una parte importantísima de ello, y en particular, la reacción de la Unión Europea tras la invasión rusa de Ucrania el pasado año, que ha conseguido redibujar completamente el mapa energético en base a la inversión en energías renovables.

La situación, no nos engañemos, no es buena: la ventana de oportunidad para detener el incremento de temperatura se estrecha cada vez más y es muy difícil saber qué ocurrirá en el planeta si ese incremento se hace mayor. Es muy difícil entender qué está ocurriendo con los océanos en su papel de almacén de dióxido de carbono y cómo eso está afectando a determinadas corrientes y a los hielos polares. Las medidas deberían tener lugar de forma más rápida, los plazos deberían ser más cortos y las emisiones deberían reducirse mucho antes. Pero al menos, tenemos pruebas de que la humanidad, pese al desastre de sus procesos de toma de decisiones y a los muchos escépticos irresponsables, parece estar caminando en la dirección correcta.

Nada que debamos celebrar. Pero al menos, es mejor que el catastrofismo absoluto.